De ropajes sacerdotales, velas e incienso – Una relectura de Parshat Tetzavé

En el  momento en el que Moshé subió al cielo para recibir los mandamientos encontró a Dios sentado  dibujando coronas sobre las letras. Le preguntó:

  “Señor del universo ¿quién seguirá Tus principios?  “Hay un  hombre que aparecerá después de varias generaciones cuyo nombre será Akiva  Ben Iosef, él interpretará hasta las más pequeñas minucias de la ley judía”. contestó Dios.

 Moshé pidió: “Muéstramelo”.

Entonces Dios lo sentó en la octava fila de la escuela de Rabí Akiva, junto a los alumnos con menor experiencia.

 Moshé no comprendía la temática acerca de la cual se conversaba y se sintió muy abatido.

 En cierto momento de la clase,  preguntaron los alumnos: “Rabí, de dónde aprendemos esto? 

 Rabí Akiva respondió: “Esta es la ley que  Moshé recibió  en el Sinaí”.

Moshé sintió vergüenza. Regresó junto a Dios, y le dijo:

 Teniendo semejante hombre, Tú pones la Torá en mis manos?

 Hay varios mensajes en esta hermosa Agadá.

  Uno de ellos, es  que Moshé, quien nos dio la Torá en el Monte Sinaí, ya no entendió el debate que en torno al texto bíblico se desarrollaba en el  Beit Hamidrash de Rabí Akiva.

  El tiempo hizo lo suyo. Como todas las cosas orgánicas y vivientes, la Torá había cambiado tanto a través de las generaciones que Moshé mismo ya no la entendía.

 Parshat Tetzave, porción de la Torá que leemos este Shabat, está dedicada casi íntegramente a la descripción de la vestimenta de Aarón y sus hijos, es decir del Sumo Sacerdote y de los Sacerdotes que lo acompañarán  en  la tarea en el Tabernáculo.

 Hoy, cuando no tenemos un Ohel Mohed, cuando el Mishkan ya no existe, cuando han desaparecido los sumos sacerdotes, parecería que esta parashá es una pieza de museo tendiente a enseñarnos  y a mostrarnos algunas de las tradiciones y costumbres de nuestros antepasados, y seguramente este es el lugar que ocupa para quienes sostienen posturas oscurantistas y poco flexibles.

 Es necesario reconocer la avidez  y las necesidades de quienes no encontramos  en instituciones sinagogales petrificadas en el Siglo XVIII,  maestros e interpretaciones que den respuesta a los múltiples interrogantes a los que  nos somete la vida cotidiana.

 Sin lugar a dudas, Moshé Rabeinu no podría resolver los problemas de nuestros días y Rabí Akiva no podría contestar nuestras preguntas, porque nuestros problemas no son sus problemas.

 Por eso leemos en el Talmud:

Cada generación tiene sus intérpretes, cada generación tiene sus sabios, cada generación tiene sus dirigentes.

 Creo profundamente que el texto bíblico le habla a los hombres de cada generación.  Que es el libro que le habló a mis abuelos  y le  habla a mis hijos (cuando quieren escuchar…) y seguramente le hablará a mis nietos.

 Entonces hago una nueva lectura e intento encontrar los significados que este párrafo puede tener para el hombre cuya vida transcurre en los primeros años de este tercer milenio.

 La parasha comienza con el mandato de mantener encendido  el Ner Tamid, siempre.  Continúa con la descripción de la vestimenta del Sumo sacerdote, y finaliza con el Ktoret. 

Primero  aparece la vela, la luz,  símbolo de la sabiduría, del conocimiento, luego,  las vestimentas del Kohen Hagadol;  y finalmente  el Ktoret, incienso aromático, que simboliza la espiritualidad, las acciones.

El Mishkan unifica dos cualidades, dos conceptos cargados de valor: El Conocimiento,  y las Acciones a través de los cohanim, a quienes está dedicada la parte central de la parasha.

Si leemos con atención el texto, quedará claro que la Torá  no enuncia  el precepto del encendido de la Menorah, sino que en el orden general de la construcción del mishkan, recalca la necesidad de que haya una vela encendida,  siempre.

Encender una vela, iluminar, es simbólicamente abrir caminos en las fronteras del conocimiento, investigar y examinar, probar y experimentar, cuestionar y pesar todas las cosas, desarrollar la capacidad de utilizar el conocimiento para transformar creativamente la realidad. Transformarla para vivir mejor, pensar y  actuar cada vez con mayor libertad y autonomía.

Después de haber instruido al pueblo, acerca de la construcción del Mishkan, Moshé debe ordenarles que mantengan  una llama encendida perpetuamente.

Una llama ilumina, pero una llama también da calor.

Nuestros sabios nos enseñan que en el corazón de cada judío debe arder un Ner Tamid, pero no sólo en el tabernáculo, es decir en la Sinagoga, y durante el momento de la oración, sino también  mijutz laparojet. En la calle, en las relaciones comerciales y laborales, en las actividades cotidianas en los vínculos con nuestros semejantes.

Sostener y actuar de acuerdo a estos principios en los tiempos en que vivimos  no es fácil.

En medio de tanta incertidumbre,  muchas veces nos invade una sensación de desánimo y zozobra, nuestras esperanzas parecen frustrarse, y los cambios parecen minúsculos…

Esta visión de la realidad es una visión totalmente opuesta al enfoque judío de la historia y de la vida, un enfoque que incluye la esperanza y el optimismo, que revelan el entusiasmo por aquello que debe ser realizado a pesar de los obstáculos.

Y a ello alude el ktoret, que representa el campo de las acciones y la espiritualidad.

 Donde hay crueldad debemos incorporar altas dosis de humanidad y misericordia.  Allí donde percibamos deshonestidad debemos  insistir en ser honestos. Donde encontremos destrucción deberemos crear. A la indiferencia debemos responder con involucramiento, implicación y solidaridad. Donde y cuando no hay justicia, debemos insistir reclamándola.

 Nuestro tabernáculo, nuestro mishkán,  es el mundo. Cada uno de nosotros  esta obligado, a investirse simbólicamente de los ropajes del Sumo Sacerdote, no desde la soberbia, sino precisamente desde la humildad, la sensibilidad, la integridad,  y la fortaleza necesaria para sostener como un keter kehuna,  corona del sacerdocio, nuestras ideas y lograr que a nuestra casa, nuestro lugar,  no le falte nunca  ner y ktoret.

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